martes, 16 de agosto de 2011

LA VIDA EN SAN CRISTOBAL

La vida sigue igual... pero no es lo mismo. Termina el verano y comienzan los operativos de seguridad en la ciudad. Los turistas se van diluyendo como acuarelas entre los días soleados, y los tlacuaches siguen su avanzada hacia las zonas habitadas... más bien al contrario!  Las noches en San Cristóbal son muy hermosas, son frescas, se ven las estrellas, no hay ruidos, claro, estoy en las montañas. En la ciudad, todo se ha trastocado, hay una locura ávida de generalidades, no hay matiz, todos parecen lo mismo: mismos negocios, misma comida argentina, mismos modos, se acabó la sutileza. Hasta la apariencia de la ciudad está en el terreno de lo ordinario, de la despersonalización visual, de la obsesión por convertirla en Playa del Carmen, también a la fuerza.

      Desde que llegamos a San Cristóbal, vemos la plaga de letreros de mal gusto, grandotes y corrientes; no hay pórtico, ni arquitectura, todo está aventado, mal hecho y sin gracia. Pareciera que hay una competencia de a ver quién hace más horrores. No les importa mostrar las hileras de tinacos negros, ni las varillas peladas, ni las calles quebradas y las banquetas llenas de arena y matorrales, a nadie le interesan los árboles del boulevard muriéndose de sed, y la mugre a todo lo que da. No hay consideración al pequeño ejército de  mujeres que diariamente barren la ciudad. Los habitantes  perdieron la costumbre de la belleza, se olvidaron de barrer su calle, de enderezar lo que les corresponde, ahora, la basura se tira sin pudor donde sea.

      Recuerdo los veranos de cuando yo era niña. Y ahí me veo en días luminosos en la Casa de la Cultura que era un santuario del arte, y ahí vamos a escuchar los sonidos de la música clásica y las mañanas reverenciadas del olor a pintura fresca. Ahí vamos  los niños por las calles limpias y sencillas, sin pretensiones de ninguna clase.  Me acuerdo de las flores reventando en las macetas que a nadie se le ocurría robar, y de las viejitas cargando canastos llenos de pastelitos de manjar o las vendedoras de atole de granillo a las doce del día, mientras los pájaros en el cielo eran mecidos por la brisa de 2 200 metros sobre el nivel del mar.

        Las casas tenían una historia, un dueño, un chiste, no estaban despedazadas y convertidas en cientos de negocitos. En la calle, nada de atronadores aparatos de sonido, ni calzones y blusas baratas colgadas en la pared  para que todos vean que aquí se venden y no lo olviden.  No se veían las azoteas agobiadas de escombros y las esquinas convertidas en basureros. Los negocios eran honrados desde su nombre, y el parque servía para pasear y los templos para rezar y los calles para caminar, y la vida, para vivirla.

       Teníamos muchos amigos y la gente siempre sabía quién eras y lo que estabas haciendo. Las casas permanecían abiertas desde la mañana hasta la tarde y a nadie le parecía raro. Se tenían atenciones  constantes con los vecinos,  los maestros, los periodistas, los músicos, y los deportistas. Habían autoridades que respetar y a las cuales acudir. Se honraba la palabra. Había respeto.

       San Cristóbal de Las Casas, es una bella, bella ciudad, que  ha sufrido una embestida brutal, no de la modernidad necesaria, ni de los cambios naturales que marcan la evolución de una región; sino la afrenta a su esencia, el olvido y la indiferencia, el uso mercantil despiadado a costa de todo, de todo!  No es posible tanta destrucción, tanto abandono, tanta sinvergüenzada diría mi abuelita! Necesitamos orden, responsabilidad e inteligencia para defender  un prodigio de ciudad de casi quinientos años.

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