Desde que somos niños se nos enseñan conductas que sirven para nuestro cuidado personal. Nos enseñan cómo amarranos los zapatos, lavarnos los dientes, vestirnos, hablar, comer... y si tenemos suerte, también nos enseñarán a tener higiene mental.
Es poco probable que recibamos entrenamiento para gustarnos, para pensar bien de nosotros mismos, ser suficientes, tener seguridad, aprender a mimarnos y tener el derecho de apreciar nuestros talentos. Difícilmente nos enseñan a ponderar nuestras virtudes, y hasta nos dicen que es de mal gusto hacerlo.
Tristemente la excesiva moderación hacia uno mismo puede generar un falso autocuidado. Y es probable que nos encaminemos hacia depresiones frecuentes. Nos educan para dirigimos hacia el exterior, volcándonos en elogios y reconocimientos. Somos excelentes descubridores de los talentos ajenos. Así nunca aprendemos a cuidarnos y la aprobación de los demás es entonces una búsqueda permanente.
Cuando somos excesivamente seguros provocamos molestia; cuando nuestro comportamiento es frágil o disminuido, en el mejor de los casos, compasión.
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